martes, 27 de julio de 2010

La pesadilla a la que no se acostumbran los maquinistas

Los conductores de trenes asisten a un promedio de 30 muertes durante su vida laboral

"Cuando matás a alguien, lo matás varias veces: en el accidente, ante la empresa, ante el juez, ante los psicólogos, el abogado y, al menos un par de veces, con tu familia y amigos. Seis o siete veces lo matas", enumera con los dedos callosos por el continuo manejo de la manivela, Miguel González, maquinista por herencia familiar y vocación desde hace más de 20 años.

LA NACION acompañó a este hombre de 45 años durante uno de los recorridos que realiza cinco días a la semana entre Once y Castelar-Moreno, en la línea Sarmiento. González está dentro del promedio de maquinistas que llega a jubilarse con treinta muertes. Pero entre sus colegas del Sarmiento hay uno que duplica y otro que triplica la media. "Uno de mis compañeros ya tiene 89 muertes y otro llegó a las 65 y le faltan tres años para jubilarse", dice.

Desde el pequeño habitáculo del tren, que data de 1957, González cuenta cómo es su trabajo y recuerda los accidentes que le tocaron protagonizar en sus años al frente de una formación.

"Un sueño recurrente para todos los maquinistas es despertarnos a mitad de la noche y sentir el ruido de los huesos debajo de la cama", dice, como si se tratase de un saber vox pópuli. Luego explica: "Cuando se atropella a una persona, el tren no le pasa por encima, sino que lo enrolla, lo envuelve hacia adentro. Primero se siente cómo se quiebran los huesos, es un sonido similar a cuando se rompe una madera. Después, debajo de nuestros pies, sentimos el ruido de las piedras entre las vías, que son levantadas por el cuerpo de la persona y rebotan sobre la chapa, debajo nuestro. Por eso los maquinistas apretamos la bocina ante un accidente: para tratar de no oír todos esos sonidos".

González siguió los pasos de su padre y de su abuelo, también maquinistas. Hace pocos días se enteró, por intermedio de su mujer, que su hijo Mauro, de 18 años, quizá sea la cuarta generación de González al frente de una formación. Su padre está contento con la noticia, pero también sabe que este trabajo deja marcas imborrables.

"Uno nunca se acostumbra a los accidentes. Si algún día me pasa eso, dejo de ser maquinista. No te podés acostumbrar a matar a alguien o a chocar un camión o un auto", reflexiona antes de recordar su último accidente mortal.


"Siempre sabemos quién era"

"Un matrimonio quiso ganarle a la barrera, no llegó y los choqué. La mujer salió despedida del auto y murió en el acto. Me dijeron que estaba embarazada. El marido murió cuando iba al hospital. De todo eso me enteré por rumores o comentarios; siempre sabemos de quién se trataba, a qué se dedicaba y demás. Un año después, me llega una citación para declarar porque me habían iniciado un juicio por ese caso. Cuando pregunté quién era el denunciante me enteré que era el hombre del auto. Allí supe que estaba vivo y que su mujer no estaba embarazada. O sea, en cierto modo fue un alivio saber que no cargaba con tres muertes", dice.

"Nosotros ya sabemos cuándo alguien se va suicidar. Más del 70 por ciento actúa de la misma manera -explica con la voz de una persona resignada a enfrentar esa fatalidad-. En el caso de las mujeres, la gran mayoría está de espaldas a las vías. No quieren ver venir el tren. Sólo giran unos instantes antes de que lleguemos. Los hombres, en ese sentido, son más valientes. Se paran de frente al tren y te miran. Sos la última persona que los ve con vida."

Miguel accedió a la entrevista cuando supo que el motivo de esta investigación era contar la importancia de los pasos bajo nivel. "Si los hicieran, se salvarían muchas vidas", reflexionó con los ojos brillosos cuando comenzaba a caer la fría tarde y la formación se acercaba a Castelar. En ese momento, su rostro se reflejó en el antiguo y gastado vidrio del coche número 13 y pudo advertir que entre esas vidas que se salvarían del horror estarían las de los maquinistas como él.

Fuente: La Nacion

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